Es tiempo de exploradores II. Una mirada antropológica sobre la diversa y mutante economía

Economías del conocimiento

Tras más de una década siguiendo de cerca las tendencias de los nuevos modelos de negocio propiciados por la evolución de las TICs, me atrevería a sugerir la emergencia de una nueva dicotomía, útil tal vez para tratar de entender las transformaciones económicas en las que anda este mundo globalizante e interconectado. Tendríamos, en un extremo, una “cultura del conocimiento libre”, en el sentido de “no propietario”, de libre producción y transformación, gratuitamente ofrecido y compartido, que de alguna manera podríamos conectar con “el don” maussiano y quizá incluso con la “incrustación” de lo económico en el corpus social a que hacía referencia Polanyi; frente a una “cultura del conocimiento propietario“, sujeto a leyes de copyright, dentro del cual las personas estarían obligadas a pagar de una u otra forma con moneda “oficial” de los estados, y que claramente conectaría con el capitalismo clásico, y con su variante más neoliberal y globalizadora.

Debemos entender “conocimiento” aquí en un sentido muy amplio. Me refiero al “conocimiento” resultante de la investigación, el desarrollo y la innovación continuados, y que es puesto en circulación tanto por parte de individuos como de grupos, y de formas tanto públicas como privadas. Por poner unos ejemplos… estaríamos hablando tanto del tipo de conocimiento que hace que sea hoy más competitivo cultivar tomates con tecnología hidropónica en plantaciones verticales en Holanda que hacerlo en España de forma convencional, como del tipo de conocimiento que permite que el sistema operativo GNU/Linux (software libre) sea uno de los más utilizados para la computación y los procesos de información a nivel global, incluso por parte la mayoría de empresas privadas (lo mismo sucederá pronto con la tecnología ‘blockchain’). Hablaríamos, también, del conocimiento que permite crear y desarrollar el Bitcoin, una criptomoneda no dependiente de ninguna autoridad central y basada en P2P, que crece día a día en valor, en posibilidades de uso y, lo más sorprendente: que permite trabajo con remuneración a personas y empresas que colaboran de forma autónoma y descentralizada en el mantenimiento y el desarrollo de un sistema donde la comunidad es necesaria, pero en el que ningún nodo es imprescindible para su correcto funcionamiento.

Si establecemos el “conocimiento” como la “materia prima” fundamental de la economía contemporánea, para lo que simplemente tendríamos que asumir que nada puede ser considerado hoy un “bien de consumo”, y ni siquiera un “bien de intercambio”, sin la intervención de aquél, y si además incorporamos al análisis los crecientes modelos de producción e intercambio en los que quienes invierten en investigación, desarrollo e innovación lo hacen de forma colaborativa y abierta, en la mayoría de los casos sin recibir ni esperar retribución monetaria alguna, podríamos incluso atrevernos a tratar de superar el restringido concepto de “Economía del conocimiento, que no deja de ser un concepto ideológico más, diseñado por y orientado hacia el desarrollo de la economía capitalista ultraliberal.

Digamos que propongo definir “conocimiento” en un sentido omniabarcante, donde cabría tanto el “conocimiento libre” como el “conocimiento propietario”. Otra cuestión será dilucidar si en algunos casos se da realmente una economía del “conocimiento libre” pura y perfecta o más bien toda una suerte de hibridaciones del tipo que se viene dando entre economía formal e informal. Un primer ejemplo flagrante de hibridación sería el sistema operativo Android de Google; “libre” para que cualquiera pueda desarrollar funcionalidades y aplicaciones, pero con ciertos fragmentos de código privativos y exclusivos de la compañía.

‘Conocimiento libre’ vs. ‘Conocimiento Propietario’

Podríamos caracterizar esta, provisionalmente llamada “cultura del conocimiento libre”, como “fuera de mercado”, “informal”, “gratuita”, dirigida a una comunidad de iguales… Y algunos ejemplos que fundamentarían su existencia, además de la tan traída y llevada Wikipedia como ejemplo de producción colaborativa, serían el Software Libre –quizá uno de los movimientos pioneros y sobre el que se fundamentan otros fenómenos tanto posteriores como emergentes–, la Cultura Libre, Creative Commons, el Hardware Libre o las llamadas “Criptomonedas”.

En el polo opuesto tendríamos una “cultura del conocimiento propietario”, que no sería otra cosa que el resultado del proyecto capitalista en general –y neoliberal en particular– respecto al consumo y a la economía en su conjunto, y cuyos ejemplos paradigmáticos, en la producción y distribución cultural serían un Disney o un Metro Goldwin Mayer, un Monsanto en la agroalimentaria, cualquier industria farmacéutica, del automóvil, química, discográfica, editorial, franquicia, etc., etc. En realidad, cabe aquí cualquier actividad económica regida por las “reglas del mercado” y regulada por sistemas de propiedad y protección –copyright, marcas, diseños, patentes…– y por cuyos productos y servicios todo ciudadano/usuario/consumidor debe pagar con moneda corriente.

Quizá merecería la pena mencionar también, en realidad no tanto como un intento de síntesis o reconciliación de la polaridad “conocimiento libre vs. conocimiento propietario”, la propuesta de Christian Felber a través de su “Economía del Bien Común”. Se trataría más bien de una alternativa tanto al capitalismo de mercado como a la economía planificada que trataría de regular la actividad económica en base a los textos constitucionales de los estados occidentales, que en su mayoría recogen el principio de que la actividad económica debe servir al “bien común”. Aún tratándose de un tipo de propuesta alejada de la presente reflexión, podemos apreciar una clara conexión entre “lo común”, los commons que dirían los ingleses –lo público diríamos nosotros–, aspecto medular en la propuesta de Felber, con los conceptos de Cultura Libre, Software Libre, Creative Commons, voluntariado, trabajo colaborativo y desinteresado para la comunidad, etc.

Necesitamos ser capaces de construir amplias teorías capaces de abordar la complejidad de las economías contemporáneas, al estilo de las que en su momento trazaron un Wolf o un Giddens, y en las que seguramente conceptos como el de “Sociedad Red” de Manuel Castells podrían resultar fructíferos para explicar fenómenos económicos multilocalizados, hipercolaborativos y que tienen lugar, de principio a fin (desde la producción al consumo, pasando por la distribución) exclusivamente en la red. Ejemplos son ya infinitos: Cultura y Software libres, FaceBook, Google, Nexflix, Spotify, los mercados financieros, portales educativos, las criptomonedas, etc., y también otros muchos donde únicamente el extremo final, el disfrute del servicio, la “experiencia” como se dice ahora, se produce fuera de la red, del tipo BlaBlaCar, Airbnb o Amazon.

Tengo la intuición de que fueron los pioneros del Software Libre, ya en los setenta, quienes abrieron, de forma seria y consciente, esta nueva etapa en la historia de la humanidad en la que florecen grupos –de personas distantes y multisituadas– que desarrollan prácticas y reglas bien definidas y orientadas a la consecución de determinados fines colectivos que acaban beneficiando a la común humanidad. Especialmente relevante me resulta la aparición de toda la cultura Creative Commons, que anima a músicos, escritores, fotógrafos, artistas plásticos, estudiantes, académicos, etc. a poner a disposición de toda la humanidad sus obras de creación, rompiendo así con la tradición de la “Propiedad Intelectual” –propia de la modernidad occidental–; un hecho que iría mucho más allá del estatuto que las artes tenían en la Edad Media, para retrotraernos, incluso, hasta las culturas más ancestrales donde el Arte era inseparable de la vida en comunidad.

‘Las otras’ economías

Por su parte, la llamada “Nueva Economía” nos ofrece otro suculento campo de novedades con las que lidiar, y que consiste en poner el foco en modelos de negocio basados de alguna forma en la creatividad y el talento, y cuya iniciativa y desarrollo viene de la mano de organizaciones innovadoras. “Nueva Economía” no se refiere a un sector concreto, sino a una nueva forma de producción y consumo relacionado con las TICs y la globalización. Desde mi perspectiva, y aunque en España llevamos un considerable retraso con respecto sobre todo a los países anglosajones, entiendo que la Antropología es una ciencia clave, puesto que el conocimiento, el talento y en general los factores humanos, culturales y relacionales son medulares en los productos y servicios que este tipo de empresas ofrecen. Dicho de otra forma: un Antropólogo puede aportar mucho a las empresas en las que controlar los intangibles y las relaciones es más importante que controlar la producción física. Me refiero a ámbitos como Economía Verde, Economía, Social, Economía Digital, Industrias Creativas, Economía Abierta, Administración y Competitividad, Economía de la Confianza, Economía del Ensamblaje y Empresas de Humanidades.

Más directamente relacionado con la empresa capitalista en sentido “convencional” estaría la figura del “antropólogo como asesor”, en la línea del “Design Thinking“, concepto desarrollado por Tim Brown a finales de los 90 en su mundialmente conocida consultora de desarrollo de productos y servicios “Ideo”. Se trata de empresas conscientes de la necesidad de desarrollar productos, servicios, estrategias y modelos de organización que ponen en el centro a las personas, lo que traducido a un lenguaje antropológico vendría a significar, resumiendo mucho, algo así como “iluminar lo simbólico-cognitivo por un lado y las relaciones –y por tanto sus reglas– por otro”. En este ámbito, y sobre todo en U.S.A., los antropólogos forman parte de los equipos que orientan a las empresas a la hora de idear y desarrollar nuevos productos, servicios y estrategias tanto organizativas como de marketing. En las propias palabras de la compañía “Ideo”: “Pensar como un diseñador puede transformar la forma en que las organizaciones desarrollan servicios , procesos y estrategias. Este enfoque, que IDEO llama design thinking , integra lo que es deseable desde un punto de vista humano con lo que es tecnológicamente posible y económicamente viable.”

Puedo traer a colación aquí mi propio caso. Desde que estudio Antropología encuentro (de momento sobre todo en la ‘Cognitiva-Simbólica’ y en la ‘Etnografía’) grandes utilidades y aplicaciones directas en los ámbitos de actuación de FLUENTIS, mi consultora; y al ritmo que están emergiendo nuevos modelos de negocio centrados en las “personas” y en las “experiencias”, y teniendo que adaptarse los más “clásicos” para poder sobrevivir a las consecuencias de la revolución TICs y la galopante globalización, estoy convencido que cada vez será más necesaria la figura del antropólogo, tanto como consultor externo como de forma integrada en el organigrama de muchos tipos de empresa.

Pero aún hay más. Existe otro fenómeno económico en pleno desarrollo y expansión, y plagado de todo tipo de hibridaciones –entre lo nuevo y lo viejo, entre lo formal y lo informal, entre el esnobismo y la pura supervivencia, entre el materialismo y la ética, entre los derechos humanos y la regresión social, etc.–, y por tanto, tejido con el tipo de complejidades que solo la ciencia antropológica es capaz de desentrañar.

Me refiero a las “Economías alternativas”, en el sentido de “formas de organizar la producción, la distribución y el consumo basadas en la reciprocidad, la solidaridad, la equidad y la sostenibilidad; y en contraposición a las relaciones de dominación, explotación y depredación que caracterizan a la economía capitalista.”

La contemporaneidad suma al desarrollo tecnológico y a la globalización un período de crisis económica profunda, y también de cuestionamiento ético, político y ecológico. En este complejo contexto aparecen nuevas posibilidades y se rescatan y reciclan viejas prácticas de organización económica. Antes principalmente en latinoamérica y ahora en el sur de Europa cobran especial protagonismo etiquetas del tipo “economía social”, “banco de tiempo”, “consumo de cercanía”, “comercio justo”, etc…, y en todo el globo estas mismas concepciones económicas se están hibridando con las posibilidades divulgativas, de participación y/o de mercado que ofrecen las TICs.

Definitivamente, ‘es tiempo de exploradores’.

¿Qué hay detrás de la moda del ‘Big Data’?

BigData

Estarán de acuerdo conmigo en que ‘Big Data’ es el concepto de moda. ¿O soy acaso el único que se lo encuentra últimamente hasta en la sopa?: bombardeo en LinkedIn, comentarios de colegas que se dedican a la estrategia y la innovación, reseñas hasta en la prensa más generalista… Por si fuera poco acabo de recibir la InnoMagazine de la Fundación Innovación Bankinter con un monográfico con la misma cantinela. ¡Un momento! ¿Qué está pasando?

Para empezar: ¿es algo realmente tan novedoso? Recordemos que los científicos llevan décadas desarrollando programas informáticos orientados hacia el almacenamiento, la gestión y el análisis de grandes volúmenes de datos. Podemos considerar la meteorología, el estudio del genoma o el análisis de la composición de la materia del universo como disciplinas pioneras y paradigmáticas en este campo. No muy a la zaga le sigue el sector más avispado para incorporar tecnologías de comunicación y computación: el financiero. Desde los ’80 muchos físicos y matemáticos venden sus talentos a los especuladores (véase uno de los mayores logros de esta simbiosis: el ‘High-frequency trading’).

Siguiente: como dejaron muy claro las revelaciones de Snowden, otros pioneros y acérrimos usuarios del Big Data son los gobiernos. En teoría —y vamos a dejarlo ahí— para mejorar los servicios que prestan a sus ciudadanos (saber con antelación los distintos períodos de mayor o menor consumo de agua o electricidad, de mayor o menor congestión del tráfico, etc. permite obviamente tomar medidas para evitar desabastecimientos o colapsos).

Luego vino el desarrollo de la red y la necesidad de ‘poner orden’ ante una fuente de información tan inmensa y ramificada. Buscadores como Google hacen del Big Data su fuerte y su gran ventaja competitiva. Cientos de ingenieros a sueldo generan y optimizan algoritmos de computación para que Google sepa más y mejor cómo cada segmento del género humano opera en la red, con el consiguiente y último capítulo hasta el momento: vender esos datos a empresas de marketing y publicidad —de ahí esa sensación de que ‘nuestros gustos nos persiguen allá donde vayamos navegando': a nuestro periódico favorito, a consultar el tiempo… Sea donde sea aparece esa oferta insidiosa basada en aquella búsqueda de un viaje, de una cámara de fotos, de un seguro, o lo que fuere que nos interesaba en aquél momento, hace ya meses, o a veces incluso más de un año—.

De acuerdo pues. Primera conclusión: Big Data no es tan novedoso y queda, hasta el momento, circunscrito a instituciones científicas, gobiernos y multinacionales cuyo fundamento es la información en la red, tipo Google, Twitter o FaceBook.

Pero… Todo esto ya lo sabíamos hace tiempo ¿verdad? La pregunta sigue en el aire: ¿Poqué la red se ha llenado de repente de propaganda del asunto, llena de referencias que ni de lejos explicitan el concepto más allá de descripciones superficiales y espurias, al tiempo que nos generan una especie de ‘necesidad de obtener y manejar Big Data’?

“Sí. ¡Lo necesito! O me quedaré desfasado en una especie de limbo anticuado, o incluso algo mucho peor y que no me atrevo ni a imaginar…”

Este es el ‘yuyu’ que están tratando de inocularnos, ¿verdad?

Para seguir indagando sobre esta moda repentina deberíamos hacernos al menos dos preguntas más: 1. ¿Es el Big Data capaz de proporcionar información útil más allá de estos ámbitos?, y 2. ¿Las Pymes podemos beneficiarnos realmente de alguna manera del Big Data?

No parece fácil encontrar respuesta a la primera cuestión en la red, dada la profusión de alabanzas y profecías sobre la importancia del Big Data sin el más mínimo análisis crítico. Aparece una honrosa excepción en forma de artículo de Gary Marcus y Ernest Davis publicado en The New York Time durante la primavera del año pasado: ‘Eight (No. Nine!) Problems With Big Data’, y del que ofrecemos unas pinceladas, simplemente como refuerzo de nuestras intuiciones:

A. Big Data es especialmente efectivo en encontrar correlaciones entre hechos o acontecimientos, pero es incapaz de mostrar si existe relación de causa-efecto entre ellas. Así, los cruces de grandes cantidades de datos nos pueden dar ‘evidentes’ correlaciones entre los ratios de divorcio en Maine y el consumo per cápita de margarina en EEUU. Este enlace es todo un poemario al respecto.

B. Cuando se es consciente de cómo se mide algo se acaba actuando de manera forzada para satisfacer el algoritmo. Es lo que sucede con los redactores que tratan de satisfacer el posicionamiento SEO en los buscadores, acaban diciendo y repitiendo obviedades para conseguir un buen posicionamiento sin tener el cuenta la lógica discursiva y el interés o rechazo que esta pueda ocasionar en el lector (hacia quien supuestamente se dirige el texto).

C. Otro problema característico del Big Data es que reproduce, en cada etapa de análisis con más vigor, los errores del pasado. Al analizar la información disponible en la red muchas veces toma como base patrones de información viciados, que por su abundancia ‘normaliza’ e incorpora a los resultados, lo que acaba reforzando el error, volviendo así a interpretarlo equivocadamente una y otra vez.

D. Uno más para no extendernos: Big Data ofrece muy poca profundidad y por tanto fiabilidad con los datos menos comunes. Cuando lo que necesitamos es descubrir patrones o tendencias emergentes, o que están empezando a generar una corriente de viralidad, esas ‘pistas difusas’, que para el ‘olfato’ o la ‘intuición’ de un Cazador de Tendencias serían determinantes, son prácticamente despreciadas por los análisis del Big Data.

Y llegamos, por fin, a lo que a la mayoría nos interesa aquí: Soy Pyme, ¿cómo puedo beneficiarme del Big Data?

Evidentemente no soy quién para dar consejos ‘en abstracto’ y generalizables. Cada cual debe hacer su propio análisis y sacar sus propias conclusiones, en función de su sector y de su dinámica particular. En mi caso es evidente que si necesito algún tipo de datos serían de lo más ‘micro’ (frente a Big) y de la máxima calidad (refrendada por humanos, no por algoritmos): los servicios de FLUENTIS están orientados a un perfil tan específico de clientes y su estructura es tan ajustada, que nuestra oferta debe ser sí o sí medida y meditada. Buscamos entendimiento, apertura de miras y confianza, y nada de eso consta en una base de datos. En la mayoría de ocasiones los encuentros suceden por recomendación (de un humano satisfecho a otro humano con inquietudes de mejora).

El espectro Pyme es amplio y diverso. FLUENTIS sería un extremo donde ni siquiera las estadísticas de las distintas administraciones públicas o privadas, tanto nacionales como internacionales (OCDE, FMI, Ministerios, INE, Comunidades Autónomas, ICEX, Funcas, etc.) le afectan demasiado, pero la profusión estadística es una tradición ya secular, bien asentada, y cuyo buen uso es de lo más recomendable y efectivo para la Pyme, y totalmente al margen del dichoso Big Data. Aún así, tengamos siempre en cuenta que el factor humano introduce enormes distorsiones en encuestas y estadísticas. Que alguien te diga su intención de voto hoy no significa que mañana la ejecute como un autómata, tampoco nadie te dirá la verdad sobre cuántas veces hace el amor en una semana, y menos si siempre lo hace con su pareja ‘oficial’. El factor humano va mucho más allá de la capacidad de mentir (cosa que no hacen los vientos o las estrellas cuando los tomamos como datos objetivos), puede, y muchas veces lo hace, rebelarse. Cuando una oferta nos persigue insistentemente en la red, muchos ‘marketinianos’ parecen olvidar que nos produce rechazo en lugar de atracción, y puede ser que borremos para siempre a esa marca de nuestras prefencias. Otras veces, un simple gesto como no facilitar la factura en el mismo paquete de la compra, a pesar de haberlo especificado en el pedido, hace que busquemos un proveedor online alternativo, más serio y transparente. ¿De qué sirve el Big Data en estos contextos, los de la relevancia, la atención y la reputación, en los que nos movemos las Pymes?

En uno de tantos artículos estúpidos y superficiales a los que hacía referencia, alguien decía que incluso una tienda de souvenirs puede hacer uso del Big Data, al poder saber de antemano cuándo habrán tormentas durante la primavera o el verano para ‘hacer el agosto’ vendiendo paraguas. ¡Je! Vale. Esa información ya filtrada la ofrece Maldonado con bastante fiabilidad en www.eltiempo.es (y no cobro nada por la publicidad).

Google pone también a disposición de cualquier Pyme su Google Analytics, herramienta fantástica para monitorizar nuestra web o tienda de comercio electrónico.

En mi humilde opinión, ante los tiempos de crisis superpuestas y de cambios en todos los órdenes (económico, productivo, de distribución, de consumo, etc…), la Pyme no necesita más ‘maquinitas’ sino volver al factor humano, a considerar detenidamente qué hay en nuestra actividad económica que nos conecta con las personas (sean estas trabajadores, proveedores, distribuidores o consumidores finales), qué nos hace relevantes para ellas y dónde podemos seguir mejorando. Cada vez más las empresas deben ser vistas y analizadas como sistemas de relaciones más que como meros flujos económicos (como se entendían antes del 2008).

En este sentido vale mucho más un ‘estudio de campo’ para conocer bien cómo piensan y sienten nuestros clientes que miles de TeraBites de información inútil para nuestros objetivos de satisfacer anhelos y necesidades humanas. Es por eso que cada vez son más útiles para la empresa los enfoques del Design Thinking o de la Antropología aplicada a la empresa. Estos sí son conceptos relevantes que, más allá de las modas, han llegado para quedarse.

Mmmm.

Estoy acabando el artículo y aún siento un runrún de fondo. ¿Pero porqué Big Data hasta en la sopa? ¿A quién beneficia?

Solo se me ocurre pensar una cosa: las grandes asesorías deben renovar su ‘cartera de servicios’ ante la inoperancia actual de su ‘stock’ de ‘soluciones’ y ‘herramientas’ para la ‘gestión efectiva’. Ahora toca crear la necesidad del Big Data. Pero tranquilos. De momento, creo, tal avalancha va dirigida a las grandes grandes (banca, energía, distribución…). Lo realmente patético es cómo muchos cantamañanas intermedios (arriba está el gurú de turno al que estas grandes consultoras pagan para que cante alabanzas sobre tal o cual cosa) replican sin pensar las consignas que estos ponen en circulación. ¡Qué peligro tienes tú también, LinkedIn! Si te descuidas, solo te acabarán usando loros y papagayos.